Economía y Delincuencia

El presente ensayo pretende reflexionar en torno a las debilidades de las actuales estrategias de combate contra el narcotráfico para luego proponer estrategias que podrían ser más fructíferas que las implementadas en la actualidad. Vale destacar que gran parte de la presente deliberación se realiza en el marco del mercado norteamericano de drogas y teniendo en cuenta políticas relevantes a dicho mercado. Primeramente, se exponen breves datos por medio de los cuales se pretende dimensionar el problema generado por las drogas y las políticas de combate al narcotráfico. Seguidamente, se comentan tres esquemas de lucha antidrogas, sus vicios y virtudes. El ensayo concluye con una recapitulación de lo obtenido en el análisis de la efectividad de las políticas de incautaciones, lucha cara a cara y lucha extramuros. Además se efectúan propuestas de modificación de políticas que podrían mejorar los resultados en la lucha contra las drogas.

Los grandes números del problema y la legalización

La dimensión del problema de las drogas depende fuertemente del contexto en el que este se trate. En EEUU, el problema tiene dimensiones económicas más que importantes. Tanto la incidencia del consumo como el dinero movido dentro de la industria de la droga son impresionantes. “Almost a third of the population aged 12 and older claims to have used marijuana at least once, and more than 10 percent claims to have tried cocaine […]. Revenues in the illegal drug industry almost certainly exceed $10 billion and by some estimates surpass $50 billion […]. Federal, state and local governments currently spend more than $20 billion per year on drug enforcement […]. More than 20 percent of the 700,000 state prisoners in 1991 and almost 60 percent of the 77.000 federal prisoners in 1993 were incarcerated for drug law violations. Rightly or wrongly, the enforcement of drug prohibition […] involves substantial amounts of resources and has a profound influence on the criminal justice system.”[1]

En Chile, el problema parece ser de menor escala, incluso en términos proporcionales. El tercio de la población que admite haber consumido marihuana en EEUU se contrasta con un creciente pero pequeño 7% de la población chilena que admite haberse embarcado en la misma conducta. El presupuesto de la CONACE para el 2006 fue de aproximadamente USD 26.9 millones, casi mil veces menor al monto que se destina en EEUU a ejercer las leyes antidrogas. En cuanto a detenciones relacionadas con las drogas, en Chile, para el año 2005, no se realizaron ni siquiera 20.000. En contraste con los niveles de aprehensión en EEUU al año 1991, esto representa una proporción menor de uno a diez.[2]

Si bien estos datos parecen minimizar el problema de las drogas en Chile, cabe destacar que éstas suelen relacionarse con el crimen organizado, el esparcimiento de enfermedades, la corrupción en la policía, la intensificación de la pobreza, el deterioro de la calidad de vida, y una serie de otros fenómenos sociales altamente indeseables. Lo anterior, junto con el reconocimiento de que la gravedad presentada por las drogas puede ser ajustada a juicios de valor de manera sumamente sencilla, exige cautela a la hora de afirmar que las drogas son o no un problema en Chile o cualquier otra sociedad.

Por lo mismo, este ensayo supone que los problemas sociales generados por los mercados de drogas son sustanciales, y reconoce los números expuestos anteriormente como preocupantes. Intentando acotar la discusión y reconociendo una realidad global, aquí no se debaten los beneficios de la legalización de las drogas, puesto que en muchos países, sobre todo en América Latina, dicho proceso no es viable políticamente. Por lo tanto, la discusión que a continuación se presenta no considera la posibilidad de legalizar las drogas como una solución a los problemas sociales generados por éstas, y supone un marco legal prohibitivo.

Incautación

La marihuana y cocaína han sido activamente perseguidas por parte del gobierno federal de los EEUU. Una primera estrategia de persecución que se debe analizar es la ilegalidad misma. Peter Reuter y Mark Kleiman, al igual que Jeffrey Miron y Jeffrey Zwiebel, afirman que la ilegalidad de las drogas eleva sus precios, al desplazar las curvas de oferta y demanda hacia la izquierda, siendo la primera afectada en mayor medida que la segunda. Es entonces, por medio de un aumento de los precios, que la ilegalidad de las drogas afecta negativamente su consumo.

Reuter y Kleiman afirman que las políticas antidrogas federales estadounidenses no dan resultado, no por fallas en la implementación de las tácticas del combate contra el narcotráfico, sino debido a características estructurales del mercado de drogas. Por ejemplo, dichos autores defienden la tesis de que las políticas de allanamientos de cargamentos no han disminuido la disponibilidad de drogas en los EEUU (ver anexo 1). Esto se debe a la escasa capacidad que tienen las incautaciones a gran escala de afectar los precios de venta finales de distintas sustancias. Dicha incapacidad tiene su origen en que el verdadero valor agregado en el precio se determina, no en el eslabón de la exportación e importación de la droga, sino en la venta al detalle.

Si bien este punto es válido, y la demostración matemática ofrecida por Reuter y Kleiman es muy convincente, los autores parecen dejar de lado un hecho importante. Si EEUU suspendiese, o redujese sus controles fronterizos, el aumento de oferta de drogas podría ser sustancial. Semejante aumento en la oferta podría no implicar una disminución en el precio del producto, como bien sugieren estos autores. Sin embargo, teniendo en cuenta que este no es un mercado perfecto, es factible que el precio no sea el único mecanismo regulador de la provisión de drogas. Como sucede en cualquier mercado donde los precios no funcionan apropiadamente como método de señalización, el racionamiento del consumo de drogas podría estar determinado tanto por el precio como por filas o líneas de espera. De ser así, un aumento en la oferta implicaría una disminución en los tiempos de espera de provisión, y un aumento en el consumo.

Además, si bien el anexo 1 demuestra que para el periodo de 1980 a 1984 no hubo una disminución sustancial en la disponibilidad de drogas en EEUU, suponer que la única fuerza causal del ello es el mal funcionamiento de las políticas de incautación es equivocado. Puede que existan muchos otros factores detrás de la disponibilidad efectiva de drogas y que, de no ser por las políticas de incautación, los valores de disponibilidad serían mucho mayores a los observados.

Por lo tanto, desechar la incautación como ineficiente, por el sólo hecho de que el “mark-up” en los precios de las drogas no se determina en el eslabón de exportación e importación y por que no se puede observar una disminución efectiva en la disponibilidad de drogas es un error.

Arrestar al cocinero no afecta a McDonald’s

Sudhir Venkatesh, un académico de la Universidad de Chicago, tuvo la suerte de convivir con un grupo de narcotraficantes durante aproximadamente dos años. El académico aprendió rápidamente a dejar de lado sus prejuicios con respecto a las bandas de criminales, y se percató de que eliminar la distribución al por menor de drogas no es una tarea sencilla, pues estaba frente a una verdadera corporación.

“La banda a la que había ido a parar Venkatesh formaba parte de una de las alrededor de cien ramas- franquicias, en realidad- de una organización más extensa de Black Disciples. J.T., el líder con educación universitaria de esta franquicia, se hallaba bajo las órdenes de una jefatura central formada por cerca de veinte hombres llamada, sin ironía, consejo de administración.”[3] De hecho, Venkatesh comparó el esquema organizacional de los Black Disciples con el de McDonald’s y descubrió que estos eran idénticos.

Aparte de una organización digna de un ícono del capitalismo, esta banda tenía un sistema contable bien desarrollado. A continuación se presentan un resumen de estos.

Venta de drogas 24.800

Cuotas 5.100

Impuestos de extorsión 2.100

Ing. Totales 32.000

Coste de la droga al por mayor 5.000

Cuota al consejo de administración 5.000

Mercenarios 1.300

Armas 300

Varios 2.400

Costos totales mensuales, sueldos excluidos 14.000 [4]

Como se puede apreciar, estos grupos no se limitan exclusivamente a las ventas de drogas, y se nota lo complejo de su organización en la estructura de costos. Más aún, “cuando un miembro de la banda moría, “ésta no sólo pagaba el funeral, sino que a menudo pagaba hasta el equivalente a tres años de sueldo a la familia de la víctima en concepto de indemnización.”[5] Dicho de otra manera, estas bandas tienen un sistema de seguridad social.

Dado lo anterior, no es de extrañar que Reuter y Kleiman sean enfáticos al aseverar que “el combate a nivel de las calles es inefectivo por el tamaño de los mercados y por que pocas transacciones ocurren en lugares públicos.” [6] Es evidente que el combate a pequeña escala, tal cual se suele efectuar, no da resultados. Ello no se debe solamente al tamaño del mercado y al lugar de comercialización.

El argumento es claro. ¿Podría el Estado norteamericano forzar la quiebra de McDonald’s arrestando ocasionalmente a uno de sus cocineros o jefes de franquicia? ¿Sería el ocasional cierre de un puesto de ventas algo trágico para el esquema organizacional del gigante de la comida rápida?

La captura de dealers o la desarticulación de una banda completa de narcotraficantes son análogas a lo anterior. El efecto en la lucha contra las drogas de este tipo de medidas es, por lo tanto, el mismo que el de una política semejante aplicada a McDonald’s.

Los trapos sucios se lavan en casa

Otra política de control de drogas utilizada por los EEUU es el ataque extramuros. Estas medidas consisten en apoyar la lucha antidrogas en países productores de materia prima. De todas las maneras de combatir las sustancias ilegales, esta podría ser una de las más ineficientes debido a que existen incentivos muy dispares entre los países productores y consumidores.

Por lo general, los cultivadores de materia prima tienen poca alternativa de remplazo de productos y escasa ayuda de sus gobiernos para sustituir las plantaciones de marihuana, coca o adormidera (amapola de opio). El incentivo de los campesinos a sustituir sus cultivos es, por lo tanto, escaso. Además, es importante considerar que quienes cultivan estos productos son racionales, y lo hacen probablemente por ser donde más rentabilidad encuentran.

Otro problema, tal vez incluso más importante que el anterior, es que existen usos tradicionales y legales de la materia prima en los países productores. Lo anterior genera el incentivo a que haya poca fiscalización en estas zonas. Más aún, aunque exista el incentivo, los gobiernos de países como Afganistán, Pakistán, Bolivia, Perú, y Paraguay, tienen escaso poder fiscalizador.

En el ámbito político, países productores como Pakistán y Bolivia son abiertamente hostiles hacia países consumidores como EEUU, por lo que el incentivo a cooperar en la lucha antidrogas es escaso o nulo. Y en lo económico, una reducción de las cantidades de producción en un país puede no implicar una disminución de los envíos a un consumidor, puesto que el diferencial del precio local y de exportación puede ser alto.

En síntesis, todos los incentivos políticos, económicos, internos y externos, tienden a imposibilitar una aplicación efectiva de una política de combate extramuros contra las drogas. Más efectivo que luchar contra todo ese entramado de incentivos sería focalizar el dinero invertido en estas políticas a otras opciones más efectivas.

Cambiando el camino

Tres propuestas de estrategia ya fueron formuladas a lo largo de este ensayo; dos de ellas de ahorro de costos a través de la reducción de esfuerzos en políticas ineficientes. Se deben comprimir las inversiones en la lucha extramuros, sobre todo cuando los países productores tienen usos legales y tradicionales de la materia prima. Se debe también reducir la inversión en la captura de dealers y los intentos a pequeña escala de desarticular bandas narcotraficantes, puesto que estas no logran el efecto deseado. Estas bandas están estructuradas de modo que la cadena de mandos es clara y los reemplazos de miembros perdidos se realizan rápidamente.

En cuanto a las políticas de incautaciones, la efectividad o inefectividad de estas es legítimamente cuestionable, y este ensayo no logra dilucidar el problema en pos o en contra de una reducción de estas medidas. La propuesta es entonces invertir en la evaluación de este tipo de política para poder determinar efectivamente su conveniencia y el nivel óptimo de inversión en la misma.

La liberación de recursos generada por la disminución de la inversión en el combate extramuros y la lucha cara a cara debiera ser enfocada tanto a programas de lucha de efectividad comprobada como a programas piloto, donde se posibilite evaluar nuevas técnicas de combate antidrogas. La legalización de drogas blandas podría ser un camino para fiscalizar a las corporaciones de narcotraficantes como la descrita por Venkatesh y es una opción que merece, al menos, el beneficio de un plan piloto.

Es clave también tener en cuenta que cada tipo de sustancia requiere acciones específicas debido a que difieren en cantidad de dealers por consumidor, eslabón de “mark up”, tamaño de cargamentos, y largo de la cadena productiva. Investigar las características del mercado de distintas sustancias puede ser un uso sumamente eficiente de recursos en tanto permita mejorar la focalización de políticas.

Por último, cabe destacar que gran parte del problema social generado por las drogas no se acaba con su consumo. La expansión de enfermedades, el crimen y el detrimento de la calidad de vida en general son algunos de los efectos sociales más importantes del consumo de estupefacientes. Es importante atacar estos síntomas en tanto no se pueda encontrar la cura para la enfermedad.



[1] Jeffrey A. Miron, Jeffrey Zwiebel, The Economic Case Against Drug Prohibition, The Journal of Economic Perspectives, Vol. 9, No.4, 1995, pág. 2.

[2] Los datos presentados en este párrafo se basan en a los discutidos en clases.

[3] Steven Levitt, Stephen Dubner, Freakonomics, Ediciones B, Barcelona, 2006, pág. 105.

[4] Ibid. pág. 106.

[5] Ibid. pág. 107.

[6] Peter Reuter, Mark Kleiman, Risks and Prices: an Economic Analysis of Drug Enforcement, Crime and Justice: An Annual Review of Research, pág. 289

Respuesta a José Darío Giménez

Agradezco al señor José Darío Giménez Gómez su interés por mi carta titulada "Se ruega pensar". Este señor ha distorsionado mis opiniones por lo que realizaré algunas aclaraciones.

Giménez afirmó que, de acuerdo con mi pensamiento, "siempre se debe tratar de ignorante al pobre, porque él y sólo él es la causa de su pobreza". Nada está más lejos de la verdad. Considero que gran parte de la población pobre debe su estado a la corrupción imperante en el gobierno y al saqueo de las arcas públicas, que no han permitido el desarrollo de una política social eficiente y enfocada en la eliminación de la pobreza. El modelo económico paraguayo, de poco valor agregado, no intensivo en mano de obra y basado por mucho tiempo en la triangulación de bienes, también tiene su cabida en nuestros problemas económicos. Por lo tanto, le ruego no presuma conocer mis pensamientos y se abstenga de presentarlos distorsionados ante la opinión pública. Además, este señor deformó mis palabras pues nunca aseguré que los incentivos sean el motor de la historia, sino de la economía.

Tampoco traté de ignorante a Camilo Soares por no saber acerca de economía. Lo traté de ignorante en temas económicos; no es lo mismo. Él está constantemente aseverando cosas que, desde la óptica de la economía, son ridículas. La teoría y la práctica demuestran que el Estado es un pésimo proveedor de bienes y servicios, salvo en casos particulares como los monopolios naturales, donde la regulación es fundamental. Considero que no me sobrepasé en mis opiniones sobre Soares pues, como cualquier persona, seguramente es ignorante en algunas áreas y sumamente conocedor en otras. El problema que ataqué es el hecho de que el secretario general del P-MAS, siendo una figura pública, debería ser más prudente a la hora de hablar, pues tiene el poder de influir en la gente. Las opiniones de Soares en temas económicos son tan validas como las mías en termodinámica, área de la cual no tengo idea, y de la cual humildemente me abstengo de comentar.

Esta misma actitud debiera ser adoptada por el señor Giménez, pues también ha demostrado su ignorancia en cuanto a la economía. Con respecto a su insinuación sobre qué sucedería si Paraguay no le vende algodón a Inglaterra, me permito explicarle: En el año 2006 Brasil y Argentina compraron poco más de 21 toneladas de fibra de algodón paraguayo. En ese año se exportaron 31.432 kilogramos de fibra según la página del Observatorio IICA. Inglaterra ni siquiera figura en la tabla; por lo tanto, si Paraguay no le vende algodón a Inglaterra no sucedería absolutamente nada. Si Feyerabend y Lakatos, ambos citados por Giménez, demostraron que dejar de exportar materia prima a un lugar donde no se exporta tiene grandes efectos en la economía mundial, solicito me disculpe la ignorancia.

Además, Giménez afirmó que "los países extranjeros que funcionan con esquemas de producción privada […] prosperan, pero a costa de los países pobres que les proveen de materia prima." Chile, el país con la situación económica más privilegiada de Latinoamérica, es un exportador neto de materia prima. Además, la exportación de materia prima es lo que en teoría de juegos se llama una situación "ganar-ganar". Gana tanto el importador como el exportador. ¿O acaso Paraguay se ve perjudicado cuando exporta carne?

Estoy de acuerdo con José Darío en que una economía industrializada nos sería más conveniente; pero dado que actualmente Paraguay es un productor de bienes primarios, el camino para desarrollarnos es venderlos donde se nos ofrezca el precio más alto para generar los mayores ingresos, aumentar la inversión, y desarrollar la economía. Por lo tanto, la exportación de materia prima no significa, de manera alguna, un perjuicio para Paraguay.

Giménez algo coherente escribió. Mencionó el problema que puede significar para un país el brindar incentivos a capitales extranjeros, si es que éstos luego son rápidamente retirados. Este fenómeno fue el causante de la crisis asiática. Ello, sin embargo, no se debe a que los incentivos no funcionen, sino a que los mercados de capitales de los países del sudeste asiático estaban mal establecidos y permitieron la generación de una burbuja económica. Un ejemplo positivo del uso de incentivos a capitales se puede observar en China, que ha logrado utilizar la fuerza del mercado para dinamizar su economía y ser el país con el crecimiento más impresionante de la historia.

Con respecto a la afirmación de que no puedo observar más allá del "aquí y ahora" y que proclamo el fin de la historia tal cual lo hizo Fukuyama, nuevamente este señor se equivoca. Soy consciente de la historia del siglo XX y la mencioné explícitamente a la hora de rebatir los argumentos de Soares. También soy consciente de que actualmente el continente vive una fuerte tensión entre el socialismo y el capitalismo. Eso demuestra que la historia no ha terminado tal cual lo aseguraba el pensador norteamericano. Lo que sí dije es que la historia ha demostrado que el capitalismo es un mejor sistema de organización que el socialismo. Más aún, no existe actualmente una escuela de economía socialista que tenga relevancia académica. Ello no se debe a que la oligarquía mundial posea el control de todas las universidades y financie a todos los profesores de economía, se debe a que la mayoría de los intelectuales reconoce la potencia generadora de riqueza del capitalismo.

Como liberal, agradezco la opinión de esta persona con quien seguramente comparto mucho, pues no hay libertario más acérrimo que el anarquista. Espero que pronto, motivado por la desconfianza hacia la estructura estatal característica de todo anarquista en serio, el señor Giménez utilice sus letras para combatir las propuestas engañosas y dictatoriales de algunos miembros de nuestra sociedad y deje de confundir y desinformar a la gente tal como lo hace Camilo Soares.

CONTESTACION A VARGAS PEÑA

"Se ruega pensar como burgués" es el título de esta carta enviada por un lector en respuesta a la publicada el pasado 7 de noviembre en este mismo espacio:
Es interesante de vez en cuando sentir la emanación de luz de un iluminado burgués, para luego pensar como él, y como es natural en su pensamiento, siempre se debe tratar de ignorante al pobre, porque él y sólo él es la causa de su pobreza, por no tener la educación que tiene el señor burgués.

El señor Juan José Callizo Vargas Peña le trata de ignorante al pobre de Camilo Soares por no conocer acerca de economía, pero lo mismo podríamos decir del señor Vargas Peña que no conoce de historia de la ciencia. Pero no es por casualidad que no conoce, es solamente su análisis positivista al mejor estilo de Karl Popper, por cierto ya superado, lo que le impide ver más allá de su corte histórico del "aquí y ahora" cuando proclama el fin de la historia de la misma manera en que lo hace Fukuyama, acerca del triunfo del capitalismo sobre el socialismo. ¿O es que el capitalismo ha solucionado los problemas del hambre en un mundo donde hay excedente de producción de comidas?, por decir un solo ejemplo. Creo que no se ha enterado que un tal Lakatos dijo que las teorías que aparentemente ya no funcionan y que han degenerado, vuelven con más fuerza solucionando mejor lo que el anterior programa de investigación no ha podido.


En nuestro país las empresas estatales no funcionan eficazmente porque es necesario que así sea, para ofertar mejor a los capitales extranjeros, pero las empresas privadas no son el mejor ejemplo que tenemos en nuestro país, ahí están los empresarios del transporte público que cada día hacen sufrir a miles de pobres que no tienen el autito que tiene Vargas Peña para ir a trabajar.

En cuanto a los países extranjeros que funcionan con esquemas de producción privada, tiene razón, prosperan, pero a costa de los países pobres que les provee de materia prima, o nunca el señor Vargas Peña se hizo la pregunta de qué pasaría si ya no le vendemos algodón a Inglaterra. Por decir un sólo ejemplo y para pensar mejor.

"¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!" reza el tango Cambalache, y el burgués insulta a la razón ufanándose con el método científico, como si la ciencia no estuviera al servicio de los intereses del gran capital y libre de valores, ¿por qué no le pregunta eso al gran epistemólogo Paul Feyerabend?

El asombro que me causa la manera de pensar del señor burgués es que no se da cuenta de que sus creencias también están fundadas en castillos construidos en el aire, creyendo que los incentivos son el motor de la historia. Por ejemplo, si un gobierno da incentivos a los capitales extranjeros para invertir en el país, como no cobrar impuestos, las empresas vienen, invierten, expolian por cinco años a las personas, y luego emigran como cualquier animal salvaje.

Por último, es muy fácil hablar de libertad como valor central de la política, y decir que mi libertad termina donde comienza la propiedad privada de un burgués, pero el pobre dice: mi libertad se extiende hasta el infinito con tu libertad, pero para eso primero debemos tener solidaridad e igualdad. Como anarquista defiendo firmemente los derechos de los explotados y silenciados que no tienen medios para desinformar todos los días, porque tienen que salir a ¡donar su sangre al antojo de un patrón!


Autor: José Darío Giménez Gómez

Se ruega pensar

El lunes 5 de noviembre el diario ABC publicó una entrevista al señor Camilo Soares donde éste arroja luces, no sólo sobre su desmedida ignorancia en cuanto a temas económicos, sino también sobre el discurso excluyente y dictatorial del P-MAS.

Soares defendió una economía donde el Estado debiera ser un “total regulador”, donde “cualquier inversión privada no será bienvenida.” Aseguró que hay que fortalecer las empresas públicas e incluso renacionalizar empresas de la industria del transporte.

La ceguedad que aqueja a este señor es evidente. El mundo aprendió que esa postura económica no funciona y su gran representante desapareció con la caída del muro en 1989. Los países del bloque soviético que utilizaban un sistema de organización central son pobres en comparación con el oeste no por casualidad, sino porque, durante décadas, implementaron un sistema económico ineficiente. La Unión Soviética perdió la Guerra Fría por lo mismo.

Vivimos diariamente las maravillas de las empresas públicas que este señor defiende tan encarecidamente. En el país escasean cemento y combustible, ambos rubros sujetos al monopolio estatal. Tenemos una empresa pública de telefonía que fue sobrepasada por las privadas en cantidad de líneas y usuarios en menos de quince años. Los países más ricos del mundo funcionan con esquemas de producción basados en la organización privada como sistema preferencial. Por lo tanto, el señor Soares debe abrir los ojos, ver la realidad y ajustar sus pensamientos porque, sencillamente, está equivocado.

No contento con la aberración anterior, pasó a decir que “Paraguay debe ganar soberanía y no ser obsecuente con la política estadounidense. Hay que romper lazos con Taiwán, no se pueden tener alianzas ridículas y comenzarlas con China Popular.” Pues bien, Camilo Soares tampoco sabe de actualidad internacional. Nuestro país es uno de los pocos que apoya a Taiwán como república independiente. EEUU no lo hace. De hecho, el mayor socio comercial de EEUU es China Popular. Si queremos divorciarnos de la política estadounidense, retirar el apoyo a Taiwán no es el camino. Además, la parte de China Popular con la que comerciaríamos no es comunista, sino altamente capitalista, con industrias intensivas en mano de obra, y pagan salarios muy bajos. Desde el discurso izquierdista, comerciar con China Popular es apoyar la explotación de millones de chinos por parte de empresas privadas que son el reflejo del “capitalismo foráneo, opresor y oligárquico.” Cualquiera que sepa algo del mundo actual tendría cuidado con mencionar a China Popular como referente del socialismo.

No dejando escapar una oportunidad para hacer gala de su ignorancia, el señor Soares arremetió contra los Tratados de Libre Comercio, afirmando que no sirven, pues generan competencia desigual con economías desarrolladas y postulando como alternativa un Tratado de Complementación Económica. ¿Cuál es la diferencia entre un tipo de tratado y otro? Ninguna. Chile es el país con la mayor cantidad de Tratados de Libre Comercio en el mundo y ha duplicado su PIB en la última década. Gran parte del milagro chileno se basa en sus TLC. Afirmar con tanta ligereza que los TLC “no sirven” es un atentado a la razón y a la ciencia económica. Además, los TLC se celebran entre países con estructuras productivas disimiles, de modo que se intercambien productos de distintas industrias, donde existen ventajas comparativas claras por parte de cada país, de modo que no impliquen un daño neto a ninguna de las partes que celebra el tratado. De hecho, previa a la elaboración de un tratado se aplica una metodología llamada evaluación social de proyectos que permite cuantificar los beneficios o perjuicios que el tratado causaría. En caso de que existan perjuicios, el tratado no se celebra. Por lo tanto, el efecto de un TLC en una economía se determina de manera técnica, no con “El Capital” de Marx bajo el brazo y en base a mera retórica.

Demostrando sus conocimientos en el área de la filosofía política, el secretario general del P-MAS insinuó que el socialismo del siglo XXI es distinto al socialismo del siglo XX y que ha logrado superar los problemas de su predecesor. El señor Soares puede elegir el socialismo del siglo que quiera, éste nunca va a ser capaz de adaptarse a lo que el ser humano necesita porque es una ideología que se basa en supuestos económicos y políticos equivocados, que no tiene en cuenta los incentivos como motor básico de la economía y la libertad como valor central de la política.

Está bien ser crítico con el mercado y sus mecanismos operativos. En nuestro contexto, es perfectamente comprensible. Lo que es inaceptable es que el señor Soares se adjudique el derecho de catalogar a sus detractores como opresores, creando la ilusión de que su ideología conduce al cielo y la de los demás al infierno. Como liberal defiendo firmemente los derechos del pemasista a pensar y decir lo que desee, por más que esté en desacuerdo con sus postulados. Es, sin embargo, una lastima que este señor haga uso del segundo derecho sin previo uso del primero, confundiendo y desinformando a la gente.